La insuficiencia cardiaca (IC) es uno de los mayores problemas de salud pública en nuestro medio1. Afecta al 2% de la población de nuestro país y puede llegar a casi el 10% de prevalencia en pacientes ancianos. A pesar de todos los avances de los últimos años con nuevas y múltiples opciones terapéuticas, sigue teniendo una elevada morbimortalidad que limita el pronóstico y la calidad de vida de nuestros pacientes2.
Entre los múltiples signos y síntomas de la IC, destaca la pérdida de masa muscular (sarcopenia)3, favoreciendo la disnea, la intolerancia al ejercicio y pérdida de capacidad funcional tan característica estos enfermos4.
La creatina, molécula endógena formada por 3aminoácidos y sintetizada en nuestro riñón e hígado, se obtiene de manera exógena a través de la dieta y se almacena en el músculo esquelético, actuando como una reserva de energía celular que permite la rápida regeneración de trifosfato de adenosina (ATP), especialmente durante periodos de alta demanda energética o limitación en el suministro de oxígeno, mejorando el rendimiento mitocondrial y muscular.
Los suplementos de creatina en individuos sanos han demostrado numerosos beneficios5,6. En los últimos 5 años se han publicado más de 9.000 artículos relacionados con la suplementación con creatina, que destacan su utilidad tanto en la mejora del rendimiento deportivo7 como en el pronóstico de enfermedades neurodegenerativas, trastornos mitocondriales, mejoría de la estructura ósea, estado anímico8, etc. En general, los estudios indican que la creatina presenta un perfil de seguridad favorable en personas sanas cuando se administra en dosis adecuada, habitualmente establecidas en 0,1g/kg de peso corporal. Se ha observado únicamente un incremento leve de los niveles séricos de creatinina (Cr) de manera transitoria sin impacto clínico significativo en otros parámetros de función renal; además, se comunica un ligero aumento de peso en probable relación con el aumento de la masa muscular.
En los últimos años, se ha buscado su aplicabilidad en diferentes escenarios clínicos de pacientes cardiópatas9. En ensayos preliminares en cardiopatía isquémica, se observó que la fosfocreatina ofrece una fuente alternativa de ATP, mejorando la resistencia a la isquemia. En cuanto a la cardiotoxicidad, las propiedades antioxidantes y de estabilización mitocondrial de la creatina podrían proteger contra los daños inducidos por los agentes quimioterapéuticos9,10. En el ámbito de la IC, se observó una reducción de creatina y fosfocreatina en el miocardio, correlacionada con un peor pronóstico11,12. Carvalho et al.13, en su ensayo controlado con placebo con un seguimiento de 6 meses en pacientes con IC con clase funcional de la New York Heart Association (NYHA) II-IV, encontraron en los pacientes tratados con creatina una tendencia al aumento de consumo pico de oxígeno y mejoría en la prueba de la marcha de los 6 min, lo que podría indicar una mejora en el metabolismo mitocondrial. Kuethe et al.14, en su estudio con diseño similar, confirmaron que los pacientes tratados con creatina incrementaban su fuerza muscular. Aunque sin significación estadística, ambos sugieren una mejoría de los parámetros funcionales, a pesar de que los efectos sobre la función cardiaca directa son menos consistentes.
Los estudios publicados hasta la fecha sobre la suplementación con creatina en el contexto de enfermedades cardiacas sugieren que este compuesto, esencial en el metabolismo energético celular, tiene un papel potencialmente beneficioso en diversos escenarios clínicos. Sin embargo, las pruebas actuales son limitadas y a menudo no concluyentes, lo que plantea la necesidad de investigaciones adicionales (fig. 1).
Por todo lo anterior, el artículo recientemente publicado en REC: CardioClinics por López-Clemente et al.15 tiene como objetivo analizar la seguridad y eficacia de la suplementación con creatina en pacientes con IC y fracción de eyección reducida (ICFEr). Para ello, los autores diseñaron un estudio abierto, prospectivo y unicéntrico que consistía en suplementar durante 3 meses con 5g/día de monohidrato de creatina (MC) a los pacientes que cumplían los criterios de inclusión: fracción de eyección del ventrículo izquierdo <40%, clase funcional I-III de la NYHA y estabilidad clínica durante al menos 3 meses, excluyendo a pacientes con enfermedad renal crónica avanzada (filtrado glomerular, eGFR, <30ml/min/1,73 m2), limitaciones físicas o psicológicas graves y edad superior a 80 años. Se realizó un seguimiento clínico y analítico estrecho. Además, se realizaron pruebas de imagen, capacidad funcional y calidad de vida al inicio y fin de la suplementación.
Durante el periodo de seguimiento de 12 meses no se observaron efectos adversos relevantes, siendo la tasa de descompensaciones similar a la de la población general. Únicamente se registró un aumento reversible de la Cr atribuido por los autores a la rápida descomposición del MC en Cr, posteriormente excretada por los riñones, sin que se identificaran otras alteraciones analíticas. Así bien, la aparente disminución en el eGFR durante la suplementación podría explicarse por la utilización de los niveles de Cr en las fórmulas utilizadas para el cálculo del eGFR.
Se observó una mejoría significativa en los resultados principales de capacidad de ejercicio y calidad de vida, tanto en la prueba de la marcha de los 6 min (48,69±32,76 m; p=0,005), como una reducción en la escala de Borg (−1,57±−1,73 puntos; p <0,01) y una disminución del incremento de la frecuencia cardiaca durante el ejercicio (−2,43±−8,66 latidos por minuto; p=0,04). La valoración de calidad de vida mediante el Kansas City Cardiomyopathy Questionnaire (KCCQ) también mejoró significativamente (4,08±12,29 puntos; p=0,03), aunque sin alcanzar el cambio clínicamente relevante (5 puntos). No hubo cambios en parámetros secundarios ecocardiográficos, analíticos o eventos clínicos (descompensaciones o mortalidad).
Aunque los resultados obtenidos son prometedores y el estudio confirma la seguridad de la suplementación con MC en pacientes con ICFEr, demostrando una mejoría significativa en la capacidad funcional y la calidad de vida, López-Clemente et al. señalan varias limitaciones importantes. Entre estas, destacan la ausencia de grupo controlado con placebo y el tamaño muestral reducido, pudiendo comprometer la validez de los hallazgos, debido a la posible presencia de sesgos, al tratarse de parámetros subjetivos15.
Resulta llamativa la falta de potencia estadística en los parámetros tangibles (ecocardiograma, eventos clínicos), así como la inclusión de pacientes en clase funcional NYHA I, lo cual podría limitar la detección de beneficios en términos de mejoría sintomática. Asimismo, persiste la incertidumbre de si la reducción aparente de eGFR corresponde a una reducción real y si esto será una limitación en pacientes con enfermedad renal de base. Finalmente, la creatina ayuda a mejorar la eficiencia energética a nivel mitocondrial, sobre todo en el músculo esquelético, resultando imperativa la evaluación con pruebas de ejercicio cardiopulmonar. Independientemente de los discretos resultados obtenidos a nivel cardiaco y pulmonar, sería esperable una mejoría a nivel periférico, en cuanto a metabolismo mitocondrial, incremento de la masa muscular y capacidad de ejercicio.
Además, teniendo en cuenta la evidencia hasta el momento, existen muchas dudas, con respecto al análogo de creatina más efectivo, a qué pacientes iría dirigido, la dosis óptima y la duración del tratamiento, ya que la mayoría de los estudios no evalúan el impacto después de su interrupción.
Los datos preliminares sobre la suplementación con creatina en pacientes con ICFEr son prometedores. Su favorable perfil de seguridad y los posibles beneficios sobre la capacidad funcional y la calidad de vida posicionan a la creatina como una terapia complementaria valiosa que merece mayor exploración. Estos hallazgos son relevantes, dado que la capacidad de ejercicio se constituye como un predictor independiente de mortalidad y eventos cardiovasculares en pacientes con IC. Además, sus beneficios podrían optimizarse mediante la implementación de un régimen de ejercicio físico supervisado, aspecto que los autores proponen investigar en futuros estudios de mayor escala y rigor. En conclusión, la creatina podría representar una terapia complementaria valiosa en la gestión de la IC, a la espera de resultados más concluyentes que permitan definir guías claras para su uso.
FinanciaciónNinguna.
Conflicto de interesesNinguno.





